Domingo 13 de marzo del 2022

Quien huye de la oración huye de todo lo que es bueno

Mateo 17, 1-8; Marcos 9: 2-8; Lucas 9:28-36


En los tres evangelios sinópticos (Mateo 17, 1-8; Marcos 9: 2-8; Lucas 9:28-36) encontramos, la historia de como Jesús se retiró a una montaña en su viaje de Galilea a Jerusalén. Según la tradición, la montaña se ubica en el Monte Tabor, que se encuentra en la parte sur de Galilea y conocido entre los cristianos como el lugar de la Transfiguración de Jesús. La palabra Transfiguración tiene una raíz latina: “tras” que indica “a través”; y “figura” que significa la “forma”.

La lectura del evangelio de hoy nos dice que mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro se cambio y sus vestidos eran de una blancura fulgurante. Y aparecieron con él, dos hombres, identificados como Moisés y Elías. Pedro sugiere hacer tres tiendas para las tres figuras resplandecientes, cada una en su expresión glorificante. Luego, el texto nos relata que una nube los cubrió y escucharon una voz que identificaba a Jesús como el hijo de Dios: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo”. Inmediatamente, así como llegaron, la voz, la nube, la luz y los dos hombres desaparecieron, dejando solo a Jesús con sus discípulos.

Hace un par de semanas, mi esposa y yo tuvimos un retiro en Marian Valley, Canungra. Fue un retiro lleno de oración, adoración, eucaristía diaria, lectura bíblica y reflexión. Como pareja, es algo que tratamos de hacer una vez al año, tener la oportunidad de alejarnos del ajetreo cotidiano, de las ocupaciones y la bulla de la vida. Fue una oportunidad de acercarnos a Dios, de experimentar su gloria en el dialogo con El, sentir su presencia en la naturaleza, en las conversaciones con otras personas y entre nosotros, en el silencio, en su Palabra, en la oración personal. Dios, como todo padre bueno, se nos reveló varias veces a lo largo del retiro.

Cuando Dios se nos revela, recibimos un llamado a actuar como testigos, como discípulos y vivir sus mensajes. Esto trae una responsabilidad de responder a las necesidades de los demás, a ayudar al prójimo, al vecino, al que más necesita.

San Juan Pablo II decía: “A nosotros, peregrinos en la tierra, se nos concede gozar de la compañía del Señor transfigurado, cuando nos sumergimos en las cosas del cielo, mediante la oración y la celebración de los misterios divinos. Pero, como los discípulos, también nosotros debemos descender del Tabor a la existencia diaria, donde los acontecimientos de los hombres interpelan nuestra fe. En el monte hemos visto; en los caminos de la vida se nos pide proclamar incansablemente el Evangelio, que ilumina los pasos de los creyentes”.

En el relato de la Transfiguración, Jesús nos dice, que todos nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, buscar un espacio de silencio, subir a la montaña, para que el milagro de encontrarnos a nosotros mismos ocurra y así escuchar la voz del Señor. Eso es lo que precisamente hace la oración y es lo que Jesús incesantemente nos llama a incrementar: la oración en nuestras vidas. San Juan de la Cruz nos anima a vivir en oración diciendo: “Quien huye de la oración huye de todo lo que es bueno”.

¡Es lindo vivir en oración! Pero no podemos quedarnos ahí. El encuentro con Dios nos empuja a bajar de la “montaña” y volver a nuestra familia, a la comunidad, a los amigos en donde encontramos muchas aflicciones por falta de empleo, enfermedades, injusticia, violencia, soledad, necesidades materiales y espirituales. Regresar y trabajar sin descanso por todos los que no conocen todavía a Jesús, por el que vive inmerso en el pecado y vive las consecuencias en carne propia. Hay tanto que hacer por las familias quebrantadas por la falta de Dios, por la incomprensión y el egoísmo.

Estamos llamados a llevar, a todos nuestros hermanos en necesidad, el resplandor del encuentro que hemos tenido con Dios, y compartir los dones recibidos. Después de tres días de retiro, decidimos dejar la seguridad del silencio y lejanía. No podemos quedarnos en la comodidad de la montaña.

“Pidamos a Dios, por intercesión de María, Maestra de fe y de contemplación, la gracia de acoger en nosotros la luz que resplandece en el rostro de Cristo, de modo que reflejemos su imagen sobre cuantos se acerquen a nosotros” (San Juan Pablo II)



Por Hugo Silva